¿Cuántos con la cultura ciudadana?

Por Santiago José Castro Agudelo

Ad portas de las elecciones regionales, se escuchan las más ambiciosas propuestas en todos los municipios y departamentos. Desde el metro de Bogotá, ese que han inaugurado varias veces, pero apenas hay un vagón en exposición para quienes quieran “vivir” la experiencia de subirse a un metro; hasta quienes prometen nuevos colegios y universidades públicas y gratuitas, pasando por miles de kilómetros de pavimentación o placas huella. Hay de todo y para todos.

Sin embargo, me llama profundamente la atención que sobre los asuntos básicos poco o nada se propone. Recuerdo a un empresario que alguna vez me dijo “no se puede abrir un restaurante si en la cocina primero no aprenden a preparar bien el arroz y los frijoles”. Antes de pretender tener sistemas de transporte masivo, amplias vías pavimentadas y grandes edificios que se anuncian desde mucho antes en vallas y cuñas, es menester volver a lo básico, a lo esencial.

¿Cuáles son las propuestas para recuperar la seguridad alrededor de escuelas y colegios? No es un secreto que la mafia se viene tomando el control e impone el consumo de todo tipo de sustancias, para mover el microtráfico. ¿Cómo se va a formular una verdadera política de calidad educativa que nos permita a nivel local superar los malos resultados obtenidos en múltiples pruebas nacionales e internacionales? No se trata de tener secretarías de educación con buenos equipos de trabajo, las hay y son excelentes. Se trata de liderar a la sociedad para que interiorice la importancia de la educación como la gran promotora de la agencia que tanta falta está haciendo en las nuevas generaciones. Un gobernante no es solamente un ordenador del gasto, debe liderar procesos de transformación y eso implica lograr suficiente cohesión social y compromiso por parte de la ciudadanía.

Familia, sociedad y estado son responsables por garantizar el derecho a la educación y corresponde, además, formar ciudadanos responsables. Por alguna extraña razón, la sociedad a veces mira para otro lado, la familia exige al estado y este último saca el comodín que trae bajo la manga desde la conquista: falta de recursos. Ahí termina todo. Podemos hacer mesas de trabajo, foros, comités, proyectos, que cuando se trata de acordar los aportes que corresponden, papá estado tiene que mirar a ver y si no puede, hasta ahí llegó el partido.

Del mismo modo, la seguridad nos compete a todos y la Constitución Política obliga a trabajar con los agentes del estado para garantizar que la ley se cumpla y quienes la infrinjan sean sancionados. No obstante, en el seno de muchas familias se repite hasta el cansancio aquello de “no se meta en problemas”, “usted no diga nada y deje que otros miren a ver cómo hacen” o “mejor agradezca que no le pasó nada”. ¿Cuántos activándose y exigiendo que se garantice la seguridad, dispuestos a colaborar en todo momento con las autoridades?

Educación y seguridad no son temas que correspondan exclusivamente al gobierno. Son asuntos que corresponden a la sociedad, esa que aporta los recursos que administran los gobiernos. Uno de los puntos de encuentro entre ambas es la cultura ciudadana, que está ausente de la mayoría de programas de gobierno, pues no logra mover a quienes financian las campañas. Las grandes obras de infraestructura requieren importantes inversiones y es allí donde obtienen el retorno a su inversión, a pesar de las múltiples plataformas y regulaciones que se generan para evitarlo.

La familia, los colegios, las universidades, deben ser comunidades que ayuden a cambiar el lenguaje y por lo tanto la realidad. Compartir lecturas, actividades de aprendizaje y consejos con niños y niñas, con jóvenes estudiantes que sueñan con un país diferente y con mejores oportunidades, solo surte un efecto si viene en compañía de un firme compromiso con la transparencia y con la honestidad. Hace poco un colega me increpaba gritándome “no sea soñador, aquí las cosas no funcionan como dice la constitución y la ley”. Espero que no sea profesor de competencias ciudadanas.

La trampa es la trampa. No se le debe poner otro nombre. La corrupción es la corrupción. Nunca se debe buscar un camino para justificarla. El respeto es el respeto y siempre tenemos que encontrar la manera de que las nuevas generaciones lo interioricen y ejerzan. En vez de estar prometiendo obras y gestión de recursos, que pueden no llegar, los candidatos deberían partir de un firme compromiso con la cultura ciudadana, con un gobierno eficiente y concentrado en prestar el mejor servicio y garantizar la libre competencia. Así como hay que aprender a preparar arroz y frijoles, hay que primero formar buenos ciudadanos. De lo contrario, las grandes avenidas serán escenario de accidentes, los grandes edificios templos de corrupción y los programas de asistencia social mermelada para el clientelismo. ¿Cuántos con la cultura ciudadana?

* Rector del Colegio Gimnasio del Norte


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