¿Cuántos con la cultura ciudadana?

Por Santiago José Castro Agudelo

Ad portas de las elecciones regionales, se escuchan las más ambiciosas propuestas en todos los municipios y departamentos. Desde el metro de Bogotá, ese que han inaugurado varias veces, pero apenas hay un vagón en exposición para quienes quieran “vivir” la experiencia de subirse a un metro; hasta quienes prometen nuevos colegios y universidades públicas y gratuitas, pasando por miles de kilómetros de pavimentación o placas huella. Hay de todo y para todos.

Sin embargo, me llama profundamente la atención que sobre los asuntos básicos poco o nada se propone. Recuerdo a un empresario que alguna vez me dijo “no se puede abrir un restaurante si en la cocina primero no aprenden a preparar bien el arroz y los frijoles”. Antes de pretender tener sistemas de transporte masivo, amplias vías pavimentadas y grandes edificios que se anuncian desde mucho antes en vallas y cuñas, es menester volver a lo básico, a lo esencial.

¿Cuáles son las propuestas para recuperar la seguridad alrededor de escuelas y colegios? No es un secreto que la mafia se viene tomando el control e impone el consumo de todo tipo de sustancias, para mover el microtráfico. ¿Cómo se va a formular una verdadera política de calidad educativa que nos permita a nivel local superar los malos resultados obtenidos en múltiples pruebas nacionales e internacionales? No se trata de tener secretarías de educación con buenos equipos de trabajo, las hay y son excelentes. Se trata de liderar a la sociedad para que interiorice la importancia de la educación como la gran promotora de la agencia que tanta falta está haciendo en las nuevas generaciones. Un gobernante no es solamente un ordenador del gasto, debe liderar procesos de transformación y eso implica lograr suficiente cohesión social y compromiso por parte de la ciudadanía.

Las armas nucleares no son un problema del ayer, sino que siguen siendo una amenaza presente y creciente

António Guterres

Nos encontramos en tiempos preocupantes. La crisis climática, las ostensibles desigualdades, los conflictos sangrientos, las transgresiones de los derechos humanos y la devastación individual y económica que ha traído consigo la pandemia de COVID-19 han creado en nuestro mundo más tensiones de las que he visto en toda mi vida.

Nos encontramos en tiempos preocupantes. La crisis climática, las ostensibles desigualdades, los conflictos sangrientos, las transgresiones de los derechos humanos y la devastación individual y económica que ha traído consigo la pandemia de COVID-19 han creado en nuestro mundo más tensiones de las que he visto en toda mi vida.

Sin embargo, la amenaza existencial que ensombreció la primera mitad de mi vida ya no recibe la atención que debería. Las armas nucleares han desaparecido de los titulares y de los guiones de Hollywood, aunque el peligro que representan es tan grande como siempre y crece año tras año. No hace falta más que un malentendido o un error de cálculo para desencadenar el exterminio nuclear – una espada de Damocles que conllevaría no solo muerte y sufrimiento a una escala horrorosa, sino el final de la vida en la Tierra.

Merced a una combinación de buena suerte y buen juicio, nadie ha empleado armas nucleares desde que incineraron Hiroshima y Nagasaki, en 1945. Pero con más de 13.000 armas nucleares en los arsenales de todo el mundo, ¿cuánto nos puede durar la buena suerte? La pandemia de COVID-19 nos ha hecho más conscientes de las consecuencias catastróficas que pueden derivarse de un acontecimiento poco probable.

Al terminar la Guerra Fría, los arsenales nucleares se redujeron drásticamente e incluso se eliminaron. Hubo regiones enteras que se declararon libres de armas nucleares. Surgió un sentimiento generalizado y profundo de rechazo a las pruebas nucleares. Como Primer Ministro de mi país, ordené que Portugal votara por primera vez en contra de la reanudación de las pruebas nucleares en el Pacífico.

Pero el fin de la Guerra Fría también nos dejó una peligrosa falacia: que la amenaza de una guerra nuclear era cosa del pasado.

Nada más lejos de la realidad. Esas armas no son un problema del ayer, sino que siguen siendo una amenaza presente y creciente.

Hoy corremos más riesgo de que se empleen armas nucleares que en todo el período transcurrido desde la era de los simulacros y los refugios atómicos de la Guerra Fría.

Las relaciones actuales de ciertos países que poseen armas nucleares se definen por la desconfianza y la competencia. El diálogo, en general, brilla por su ausencia. La transparencia se debilita y las armas nucleares van cobrando más y más importancia a medida que las estrategias de seguridad nacional van hallando nuevos contextos en los que cabría utilizarlas.

Mientras tanto, los avances tecnológicos y la aparición de nuevos terrenos de competencia en el ciberespacio y en el espacio exterior han puesto de relieve las vulnerabilidades y el riesgo de una escalada nuclear. No tenemos redes ni instrumentos internacionales que puedan abordar estos nuevos acontecimientos. En este orden mundial multipolar, eso significa que las crisis regionales con un trasfondo nuclear podrían atraer a otros países con armas nucleares.

El panorama nuclear es como la yesca: un accidente o un error de cálculo pueden hacer que salte la chispa.

Nuestra gran esperanza para dar marcha atrás y alejar al mundo del cataclismo nuclear es el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares, más conocido como TNP, que data de los años más duros de la Guerra Fría, en 1970.

El TNP es uno de los motivos principales por los que no se han empleado armas nucleares desde 1945: en él se establecen compromisos jurídicamente vinculantes para lograr el desarme nuclear, y esos compromisos incluyen a los cinco grandes países poseedores de armas nucleares. También es un catalizador para el desarme: es la única forma de eliminar esas horrendas armas de una vez para siempre.

Los 191 países que han suscrito el TNP, que representan prácticamente al mundo entero, se han comprometido a no adquirir ni desarrollar armas nucleares. El Organismo Internacional de Energía Atómica se encarga de supervisar y hacer cumplir esos compromisos.

Dentro de un mes, los países que son miembros del TNP se reunirán en su conferencia ordinaria quinquenal para analizar la evolución del Tratado.

Es posible que cualquier otra conferencia de las Naciones Unidas con cualquier otra sigla no llegue a ser noticia, pero el TNP es fundamental para la seguridad y la prosperidad de todos los pueblos de la Tierra.

Tenemos que aprovechar la oportunidad que nos brinda la Conferencia de Examen del TNP en enero para revertir esas peligrosas tendencias crecientes y acabar con la sombra que proyectan esas armas inhumanas.

La conferencia de examen debe adoptar medidas decisivas en seis frentes:

  • Definir la dirección que debe seguir el desarme nuclear.
  • Acordar nuevas medidas de transparencia y de diálogo para reducir el riesgo de una guerra nuclear.
  • Abordar las crisis nucleares latentes en Oriente Medio y en Asia.
  • Tomar medidas para reforzar los marcos mundiales que sustentan la no proliferación, incluido el OIEA.
  • Promover el empleo pacífico de la tecnología nuclear con fines médicos y otros fines, que es uno de los motivos por los que el TNP se ha granjeado el apoyo de los Estados no poseedores de armas nucleares.
  • Y recordar a los pueblos del mundo, y en particular a la juventud, que eliminar las armas nucleares es la única forma de asegurarnos de que no se llegarán a emplear jamás.

Ruego encarecidamente a los Gobiernos que acudan a la Conferencia con un talante solidario, flexible y de diálogo sincero.

Lo que suceda en las salas de negociación del NPT en enero nos concierne a todos, porque el empleo de las armas nucleares nos afectaría a todos.

La fragilidad de nuestro mundo nunca ha sido tan evidente.

Espero que todos los pueblos presionen a los Gobiernos para que se alejen del abismo y construyan un mundo más seguro para todos, un mundo sin armas nucleares.

Contracorriente (V)

ALBERTO BEJARANO ÁVILA

Sigo con el tema territorial y espero no ser aguafiestas por meter a todo político en el mismo costal sin diferenciar la baja estofa de la buena energía, maniqueísmo que evito porque creo que la restauración tolimense no solo se funda en ética y buena intención (recuérdese cómo se adoquinó la vía al infierno), sino en pertinencia y coherencia ideológica y en ese enfoque vemos que los presuntos buenos políticos se unen por intereses, no por ideas y apelan a los mismos patrones de conducta del caduco politiqueo que es la antítesis del anhelado nuevo “carácter político” regional. Así entonces suplican avales; hacen venía a caciques nacionales (y plantean vencer al gamonalato criollo); revelan talante mesiánico; sus ideas oscilan entre localismo y centralismo; esquivan hablar de un estructurado modelo regionalista de futuro y, claro, eso no es liderato para el cambio sino alternancia personalista para el continuismo.

Ante la carencia de proyecto político estructurado y compartido para reconstruir al Tolima se argüirá que existe la “Visión Tolima 2050”, pero además de percibir, como hecho insólito, que de esa visión nada oímos en los soliloquios electorales, la “Visión Tolima 2050” tampoco se ocupa del examen político y por ende no recusa el proceder politiquero como causa de atraso y estorbo para el progreso y tampoco traza lineamientos para construir una auténtica política que elimine o morigere el atavismo electorero egocéntrico para que surja un talante político demócrata e identitario y con claro enfoque del contexto territorial a transformar, proceso que solo podría liderar una nueva y genuina política.

Vaya paradoja: los “políticos” rehúsan hablar sobre una visión estructurada e integral del Tolima y la “Visión Tolima 2050” omite delinear un nuevo modelo político para transformar al Tolima.

Mi lectura sobre territorio y política queda corta si omito decir que en varias ocasiones fui invitado por candidatos a la elección de octubre y que, salvo alguien del sur, muy interesado en ideas, todos rehusaron conversar del proyecto político para restaurar al Tolima y por ello colegí lo obvio: que solo buscaban mi íngrimo voto. 
Como ellos, eso creo, son éticos y buena gente, les desee buena suerte y ahora digo que gustoso votaré por quien lealmente acepte que en toda charla política el proyecto de restauración tolimense sea el eje central. 

También señalo que en dos ocasiones fui invitado por la “Visión Tolima 2050” y allí, eso percibí, igual le hicieron el quite a la idea de aquilatar la visión con principios sobre territorialidad, tejido social, autonomía regional e identidad política, principios que convertirían la “Visión Tolima 2050” en auténtico proyecto político para restaurar al Tolima.

b) El desarrollo del Tolima no depende de la voluntad nacional. Este principio regionalista ni es separatista ni niega la ilusión del cambio nacional, pero es antítesis del torpe imaginario centralista porque propone tácitamente que Colombia se reconstruya desde las regiones y no desde el centro, o igual, que solo una implosión federalista eliminará el gamonalismo en los territorios y el feudalismo centralista para construir un país moderno y justo. Continúa…

Contracorriente (IV)

ALBERTO BEJARANO ÁVILA

Con plena convicción debo decir que solo reconstruyendo el imaginario o los fundamentes del progreso, los tolimenses podremos encarar con seriedad, responsabilidad y efectividad la disyuntiva entre avanzar hacia un estadio superior de prosperidad, equidad y calidad de vida o porfiar en la nadería promesera o blablablá mesiánico que nos ata a un inicuo círculo vicioso que por años detuvo el tiempo histórico tolimense y que, como en el mito de Sísifo, nos castiga con la tediosa rutina que neciamente creemos válida y hasta progresista, cuando realmente, y sobran evidencias, nos viene forzando a reeditar el pasado. Con franco interés de aportar algo para construir ese imaginario o fundamentación realmente progresista, sigo con la sustentación, por demás apretada, de los cuatro principios atrás planteados.

Uno. Tolima, territorio histórico, identitario, autónomo y forjador de su desarrollo integral: El sentido de pertenencia o identidad es valor esencial para honrar la visión estratégica del desarrollo y esa identidad solo puede nacer de un tejido territorial de relativa complejidad como es el Tolima y su orografía de 24 mil k2, que nos une por una lejana y cercana historia común (así su construcción sea ajena) que puede exaltar el alma tolimense para que, juntos, tejamos vasos comunicantes y circuitos culturales, productivos, comerciales o económicos en general y así afirmar ese ímpetu competitivo propio de las sociedades constructoras de historia. Es requisito inapelable que los tolimenses conozcamos al Tolima para que la visión de futuro y de ella las ideas y liderazgos que guiarán su construcción sean consistentes, pues ese conocimiento hoy no es nuestra virtud porque la politiquería hizo del Tolima territorio etéreo de 47 mundillos inconexos e incapaces de reconocerse y remar hacia el mismo lado.

El asunto territorial, y los que siguen, son ejes complejos y decisivos para precisar las rutas de la prosperidad tolimense y por ello es de lamentar la carencia de interés y espacios para dialogar sobre ello y, por no hacerlo, continuáremos en esa aletargada y regresiva andadura que ignora la necesidad de vasos comunicantes (un “sistema nervioso central”) que permita crear y compartir un mismo horizonte para reconstruir al Tolima. Por ello ese aventurerismo solitario o coaliciones mecánicas y sin ideas, solo busca cazar votos para obtener privilegios y “vitrina” y de ahí ese populismo que con verbosidad mesiánica promete corregir los males sentidos por la sociedad y que, en vez de convocar a construir modernidad, pinta caricaturas paradisiacas de progreso con tren eléctrico, aeropuerto internacional, progreso irreal y todo ello porque nos negarnos a trazar derroteros correctos para iniciar la redención del Tolima.

La visión del futuro debe encuadrarse en el territorio tolimense con sus 47 municipios y sus veredas, pues con enfoque sistémico de territorio es como logramos coherencia y sinergias para el progreso municipalista, obras de infraestructura, fomento productivo (agroindustria de suyo) etc., que, en suma, es el modelo estratégico de desarrollo. Alguien dijo: “lo que no se conoce no se comprende; lo que no se comprende no se puede querer”. Continúa…